Por. Ma. del Consuelo Contreras Corona.
11:17 am. Tras recibir una nueva encomienda, salgo de las instalaciones de la Facultad, mi hogar de todas las mañanas…el viento acaricia y despeina mi cabello. Éste, cubre recia pero delicadamente mi cara, mientras el aire recorre mis brazos desnudos al momento en que me dispongo a cruzar la calle.
El señor de las gorditas al carbón, que como cada día pone su tenderete en la esquina del banco HSBC, sigue vendiendo con gran afluencia como lo hace usualmente a estas horas de la mañana; el tráfico se hace presente, algo agitado a decir verdad, considerando la hora que es apenas…
Decido dirigir mis lentos pasos al Mercado Juárez, ubicado en el centro histórico de la ciudad, por ser el más cercano a la facultad, ello debido a cuestiones de tiempo ya que, por quedarme platicando con Nava sobre mis múltiples conflictos existenciales no partí para realizar el ejercicio a la hora indicada…
Espero al primer camión que se me ponga enfrente. El semáforo permanece en rojo; se avecina un Cong. Hidalgo, pero a ojo de buen cubero, no trae sistema Ecobus, ergo, lo descarto como opción pues no traigo efectivo en la bolsa.
Así pues, Mauricio y yo nos subimos a la siguiente unidad del H. Transporte Público de esta hermosa y desértica ciudad de Torreón. Se trata de un Ruta Sur Jardines – Ferro, línea que por cierto, tomo todos los días para llegar a mi hogar al salir de clases. Irónicamente, tras haber abordado dicha unidad, me enfrento al dilema de que el servicio de prepago está ¡¡¡CERRADO!!!... Me hago la desentendida, y tomo asiento. Mientras, me dispongo a escribir lo acontecido –mala idea escribir en un camión en movimiento, mi letra se vuelve ilegible-. Sin darme cuenta que estoy sólo a unas cuantas cuadras de mi destino por ir sumergida en mis pensamientos pude haberme pasado del punto en el que debía bajarme... Estoy ahora a sólo una cuadra de la gasolinera de Revolución esq. con Acuña, y desesperada busco en el bolsillo trasero de mi pantalón algunas monedas para percatarme inmediatamente después que sólo cuento con la módica cantidad de dos pesos.
Ante el problema que ello representa, me dirijo a la puerta delantera para bajar del camión; al parecer mi cara de acongojamiento es totalmente evidente a los ojos del chofer, quien, probablemente conmovido por mi reacción, sólo se limito a decirme “Así déjelo señorita…”. La expresión de mi cara se transformó, denotando ahora un completo alivio, y una extraña sensación de que después de una larga mala racha, la suerte por fin me favorece.
En vista de no escribo lo suficientemente rápido a mano, me tomo unos minutos para sentarme a redactar lo acontecido, en la orilla de la banqueta, aprovechando el clima está delicioso, sin importarme que mi pelo no me deje ver, efecto del fuerte viento.
Es hora de seguir mis pasos…Mi humor anda más simple de lo normal; las extrañas abstracciones de las cuales mi mente es objeto comúnmente, se dispersan, por lo que me limito a admirar el panorama mientras voy transitando por la acera de la Acuña, aquella que se ve beneficiada por la sombra para evitar los calurosos rayos del sol.
Una larga fila de camiones Torreón-Gómez-Lerdo – de esos verdes ya característicos – espera a los pasajeros que se dirigen a las ciudades hermanas del estado de Durango. El ruido del centro no es del todo apabullante; sin embargo, funge como un elemento que sitúa al transeúnte en un ambiente de gran movimiento, un escenario dinámico en el que el trato de compra-venta es el protagonista del lugar.
Las tiendas ven el desfile de la gente que va y viene, esperando que por lo menos un alma se adentre en alguna de ellas para cubrir la cuota de ventas de la semana. Son tiempos de crisis, eso nadie lo puede negar…
Apartando de mi cabeza la ausencia de dinero en mis manos, me permito fantasear con los artículos que observo, y que de algún modo – al menos en mi imaginación – pretendo comprar. Como aquella blusa que me hizo ojitos, o aquel vestido corto, strapless, a cuadros rosas y negros, en el cual me ví, luciendo tremendamente atractiva, y si no despampanante, por lo menos haría que más de uno levantara la mirada.
Dejo de divagar con la ropa, sólo para enfocar mi atención en una nueva tentación: ¡la comida!, que seduce a quien camina con paso acelerado o ligero por las calles del centro histórico. Una vez más, recuerdo que no traigo dinero..sólo a mí se me ocurre salir sin mi cartera en mano. Esos arranques impulsivos le dan ese aire tan peculiar de aventura a las cosas, pero también te limitan a corto plazo como fue el caso ésta vez.
Tras sobrevivir a la tentación, llego a la esquina de Hidalgo y Acuña, donde me topo con un pequeño obstáculo: un par de vehículos de SIMAS obstruyen el paso. Muy probablemente se encontraban arreglando algún desperfecto en la tubería del drenaje público. Curiosidad innata me invade. Deseo averiguar el motivo real de su estancia y dejar atrás las suposiciones, pero el tráfico y el tiempo reducido con el que cuento me lo impiden. Me conformo con guardar evidencia gráfica con ayuda de mi celular, mi compañero de aventuras…
Después de algunas peripecias, entro por fin al Mercado Juárez. Había decidido recorrer sus adentros para capturar un poco de su esencia. Aquella que deja ver una pizca de su historia, y la de muchos que en él han transitado, ya sea como compradores o comerciantes.
El primer negocio que nos recibe es una cerrajería, la cual me lleva a recordar que requiero pronto de utilizar sus servicios…continúo caminando y los arreglos como coronas y ramos florales con motivo del 2 de noviembre están a la orden del día. Voces pasivas pero insistentes te invitan a realizar una compra bajo el coro de “¿Qué anda llevando?”.
Los olores evocan un coctel de emociones. La diversidad es la reina del baile. Están presentes desde hierberías hasta negocios que se dedican exclusivamente a la venta de souvenirs de la ciudad, entre los que destacan playeras del equipo local, llaveros estrafalarios – como el de una vaca stripper – tarros para cerveza, vasos tequileros, estatuillas de cerámica, etc.
Las fondas ofrecen toda una carta enorme de posibilidades. Dónde poder comer no es problema en el Mercado Juárez. Saltan a la vista deliciosos chiles rellenos, pescados y mariscos. Opciones bastantes atractivas, sobre todo cuando visitas el recinto teniendo tanta hambre como la que experimento en éstos momentos y ante la cual no me queda más que tomar mi pluma, continuar escribiendo y retirarme. Porque la vida en el mercado es ruda, ante tantas tentaciones y en mi situación será mejor buscar otro tipo de aventuras nuevas. Siempre habrá un nuevo día para seguir, redescubriendo caminos…

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